La talabartería que nació en un viaje adolescente y busca transgredir

30 Yardas distribuye productos de polo por todo el mundo y es la marca de referencia en el mercado argentino

La talabartería que nació en un viaje adolescente y busca transgredir

Cuando a Juan Manuel Olivera lo invitaron a jugar medio año al polo a Canadá, dijo que "sí" con esa inconsciencia que dan los 17 años. Apenas empezaba a taquear, se compró toda la indumentaria y se subió al avión. Al regresar, su hermano Santiago le preguntó: "¿Y todo lo que llevaste, por qué volviste sin nada?". "Lo vendí todo Santi", respondió Juan "¡Allá no tienen nada de polo!".

Ese viaje "comercial" fue el inicio de un negocio que ya ostenta más de tres décadas y es referencia en el mundo del polo. La Talabartería 30 Yardas hoy distribuye sus productos por todo el globo.

Santiago y Juan no dudaron cuando vieron la veta comercial en el exterior. "Le pedí a mi viejo un préstamo: U$S 3.000", recuerda Santiago "y por supuesto se lo devolví. Al año ya estaba saldado". Con ese capital inicial y muchas ganas empezaron a fabricar en un pequeño taller en Viamonte y Uruguay, pleno barrio norte de Capital Federal, a decenas de kilómetros de las canchas de polo; pero cerca de los polistas.

"A cualquiera que le faltaba algo, pasaba por el taller", cuenta Santiago, que estuvo algunos años junto con su hermano hasta que este se fue a vivir al exterior. Fue el mismo Santiago el que continúa hasta hoy como dueño del negocio, que ahora tiene dos locales al público, uno en Pilar y el otro, "a solo 80 metros del taller original", sonríe Olivera al volver al barrio. Tiene cuatro empleados y trabajan con cuatro talleres distintos para ofrecer todo lo que necesita el polista, desde las botas hasta el casco, desde la bocha hasta la montura.

"Fabricamos casi todo nosotros", explica Olivera "excepto bochas, pantalones y botas". También asegura que su especialidad son las monturas y que la mayoría de los más altos hándicaps las usan. "No te diría que todos, porque es una exageración, pero casi todos", afirma y da sus motivos: "Son las más resistentes, las más confiables. Siempre doy este ejemplo, si tenés un Audi, podés ponerle cubiertas Fate, va a andar. Pero si le ponés Michellin es otra cosa, bueno, las nuestras son las Michellin". Cuenta que en el 2010 tuvieron su récord de venta, 1.400 monturas, pero el año pasado cerraron en 700. Y da sus motivos.

"Hoy somos un país caro para el polo. A principios del 2000 te vendía una montura al mundo en u$s 250, hoy no lo tengo ni de costo", declara Olivera, que ofrece la misma montura este año a u$s 500, "por un gran volumen te puedo llegar hacer u$s 450", negocia y cuenta que en temas de fabricación va en contra de la corriente del ambiente del polo. "Me gusta el avance tecnológico en todos los materiales, y este es un deporte terriblemente tradicional".

"No hay un solo casco de polo que sirva, en ningún negocio", sentencia Olivera. "Si te caes de cabeza a 70 km/h no te van a salvar. Ahora estamos trabajando con empresas de casco de otros deportes, a punto de sacar un casco certificado por primera vez que soportarán fuerzas de 2G". Y asegura que hoy el polista no elige un casco por su función, la seguridad: "la verdad, lo compra por la facha".

Sobre la proyección de a qué país le gustaría llegar con sus productos, duda y repasa la lista. Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Sudáfrica, Italia, Dubái, India, Bélgica, Paraguay, Chile, Brasil, República Dominicana, Venezuela… "la verdad no sé, creo que vendimos en todos los países que se juega al polo", sonríe Olivera. Llegó a jugar 5 de hándicap y eso lo ayuda a conocer cada detalle de sus productos: "Soy mi propio tester", cuenta. Y detrás de cada taqueada, piensa en la próxima innovación.

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