Miércoles  03 de Julio de 2019

Guerra Comercial: cuatro aristas de la batalla del siglo XXI

A través de aranceles cruzados, prohibición a empresas y maratónicas negociaciones bilaterales, los Estados Unidos y China reconfiguran el tablero de la economía mundial. Cómo fue escalando el conflicto.

Guerra Comercial: cuatro aristas de la batalla del siglo XXI

Soy un hombre de tarifas. Cuando la gente u otros países vienen a atacar la riqueza de nuestra nación, quiero que paguen por el privilegio de hacerlo. Hagamos que América sea rica de nuevo”. Quizá sea la frase de Donald Trump que mejor describa su actitud beligerante ante la expansión comercial de China. Entre otras vindicaciones nacionalistas, el actual presidente estadounidense posó su proyecto económico sobre la premisa de la “pérdida de empleos” que significaba la abierta posición del país norteamericano en el comercio global, en especial en las relaciones con China y México, como anunciaba en uno de sus primeros discursos como candidato en junio de 2015.

No obstante, su reyerta más intensa la desarrolló contra el gigante asiático, que no se quedó atrás. China, que experimenta desde hace más de 30 años un meteórico incremento de su PBI gracias a la apertura comercial en sus regiones francas por medio de subsidios a las empresas exportadoras y devaluaciones continuas del yuan frente al dólar, redobló la apuesta ante cada embestida de Trump. Aranceles, lista negra de empresas y rispideces diplomáticas sedimentan uno de los escenarios geopolíticos más tensos del siglo XXI: la guerra comercial.

Anabólicos, protección y reforma

El lema de campaña de Trump que llamaba a encumbrar a los Estados Unidos ya anunciaba una presencia más intensa de la potencia norteamericana en la política internacional y la implementación de medidas gubernamentales para reactivar la menguante industria de los estados interiores, luego de que la baja del desempleo se estancara en la segunda presidencia de Barack Obama.

Una buena parte de la cerrazón comercial orquestada por Trump nace de la idea de revitalizar el cinturón industrial que forman los estados de Michigan, Ohio, Pensilvania, Indiana y porciones de Nueva Jersey, Nueva York, Illinois y Wisconsin. Se trata de una franja fabril ubicada en el noreste de Estados Unidos especializada tradicionalmente en la metalurgia y la elaboración de manufacturas, que sufrió en mayor magnitud la crisis de 2008.

Una recuperación más moderada y una mayor tasa de desempleo que la media nacional generaron un descontento que permitió el triunfo de Trump, que encaró el resurgimiento de la industria pesada a partir de un fortalecimiento del mercado interno. Por ello, buscó reactivar la demanda, pidió redefinir el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TlcanNafta, por sus siglas en inglés) y adoptó una estrategia de sustitución de importaciones.

Trump, con Peña Nieto y Trudeau, en la firma del nuevo TLCAN.

En 2017, su primer año de Gobierno, la Casa Blanca se enfocó en impulsar la actividad, de la mano de una sustancial baja de impuestos corporativos para incentivar las inversiones en el sector privado, lo que disparó las cifras de crecimiento en los trimestres posteriores pese a que impactó negativamente en el resultado fiscal. Además, Trump comenzó a insistir a la Reserva Federal (Fed) en postergar las subas de las tasas de interés para no encarecer el crédito. Los efectos macroeconómicos se hicieron sentir al poco tiempo. A lo largo de 2017 el desempleo bajó del 4,7 a 4,1 por ciento, mientras que en 2018 osciló entre 3,7 y 3,8 por ciento, la menor tasa en 50 años. Por su parte, la actividad casi duplicó el nivel de crecimiento con el que había finalizado el mandato de Barack Obama y superó todas las expectativas de los analistas. Pero los anabólicos gubernamentales tendrían consecuencias menos agradables.

Aranceles teledirigidos

Los aranceles tal vez sean el aspecto más visible de la guerra comercial. Las primeras trabas se anunciaron en marzo de 2018, cuando la Casa Blanca dispuso la imposición de 25 por ciento a las importaciones de acero y de un 10 por ciento a las de aluminio. El gigante asiático, que lleva tres décadas de crecimiento continuo, fue el principal país afectado al ser el mayor fabricante de la aleación: en 2016, elaboró el 50 por ciento de la producción global, último registro de la Asociación de Productores de Acero.

A las pocas semanas, Trump recargó su ofensiva y ordenó imponer aranceles específicos para productos importados de China como “respuesta a sus prácticas comerciales desleales”. La medida no alcanzó solo a las manufacturas, sino que incluyó también productos derivados de soja y de carne porcina, además de frutas y verduras. En total, abarcó a 1300 productos valuados en US$ 50.000 millones. China respondió con cargas a 128 productos importados desde los Estados Unidos, que totalizaban un monto de US$ 3000 millones.

A fines de mayo, la Casa Blanca definió otra imposición de 25 por ciento a más productos chinos valuados en US$ 50.000 millones “de tecnología industrialmente importante”. Las trabas a dos tercios de los productos fueron oficializadas a mediados de julio, mientras que los gravámenes al resto se aplicarían en agosto. China acudió a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en busca de una solución diplomática y se desarrollaron reuniones bilaterales entre funcionarios de ambos países, lo que no impidió la puesta en vigencia de las imposiciones al tercio restante de importaciones chinas. Por ello, la potencia asiática elevó un nuevo pedido e impuso una medida idéntica a productos estadunidenses. En diciembre, en la cumbre del G20 realizada en Buenos Aires, Trump y el presidente chino Xi Jinping acordaron un “cese al fuego” por 90 días.

Pero a comienzos de mayo de este año resurgieron las diferencias. El mandatario estadounidense anunció más trabas a importaciones chinas, que no pudieron ser disuadidas por las negociaciones del 8 y 9 de mayo. 

Las medidas no impactaron inmediatamente en el rojo comercial de los Estados Unidos con China, que en 2017 fue de US$ 375.000 millones (un promedio mensual de US$ 31.000 millones) y en 2018, de US$ 419.000 millones. Sin embargo, el ascendente déficit comercial mensual con China, que en octubre último llegó a los US$ 43.102 millones, comenzó a descender a partir de ahí, con toda la batería de trabas en vigencia. Fue de US$ 37.860 millones en noviembre, US$ 36.830 millones en diciembre, US$ 34.400 millones en enero de 2019, US$ 24.760 millones en febrero y US$ 20.750 millones en marzo.

Pero el fin de las hostilidades no se agota en cerrar el rojo comercial y en sustituir importaciones chinas, sino que la Casa Blanca en mayo amplió una lista negra de empresas del gigante asiático, con Huawei como una de las apariciones destacadas, lo que le valió entonces que Google suspendiera el soporte del sistema Android a los equipos de la marca china.

La prohibición de venta de equipos de Huawei, fundamentada en una supuesta amenaza a la seguridad nacional estadounidense, refleja además el fondo de la batalla con China: la disputa por la propiedad intelectual y el liderazgo tecnológico. Huawei –primer fabricante mundial de equipos de comunicaciones– fue acusada de espionaje por el gobierno estadounidense, que objeta las prácticas de muchas industrias chinas, a las que acusa de supuesto robo de tecnología.

Actualmente, la cumbre del G20 en Osaka albergó un nuevo "cese al fuego" entre las potencias: Trump y Xi Jinping acordaron a fines de junio una nueva tregua en su guerra comercial, por la que Washington frenó la imposición de nuevos aranceles a China y accedió a permitir que las empresas estadounidenses vendan productos a Huawei.

Temor inversor

Las esquirlas más contundentes del conflicto comercial golpearon al mercado financiero mundial. Ante cada reflote de la posibilidad de una espiralización de las hostilidades, la aversión al riesgo se apoderó del ánimo inversor y por momentos ganaron fuerza los activos más seguros como el oro.

Tras un 2017 en el que los principales indicadores de Wall Street no paraban de perforar los techos históricos de la mano del crecimiento de la actividad (el Dow Jones subió 26 por ciento en el primer año de Trump), en 2018 las amenazas de aranceles y las tensiones diplomáticas dotaron de volatilidad a la bolsa neoyorquina y a las principales plazas europeas.

Ante cada arremetida de Trump en su cuenta de Twitter contra China o contra la Fed, la aversión al riesgo crecía. La última de las contracciones provocadas por el conflicto comercial ocurrió a comienzos de mayo, justo después de que Trump anunciara el flamante paquete arancelario que abarcaba a todo producto importado de China e incluyera a Huawei en la lista negra de empresas.

La última arremetida comercial de Trump golpeó duramente a los mercados financieros en mayo.

El índice S&P 500 cayó un 4,5 por ciento desde su pico del 3 de mayo, hasta su piso del 13 (2811,87). Es un equivalente a US$ 1160 millones que se perdieron en el camino.

Desde entonces, el indicador que reúne a las 500 mayores compañías de Estados Unidos ganó poco más del 2 por ciento, pero el temblor se sintió en todos los mercados financieros internacionales.

Las que más sufrieron el embate fueron las empresas tecnológicas cercanas al nicho de Huawei, como Qualcomm, Micron Technology y Broadcom, además del índice de semiconductores de Filadelfia: todos registraron en mayo un derrumbe de entre 20 y 25 por ciento.

La deuda estadounidense y el yuan

Uno de los pocos aspectos que se mantiene en equilibrio en la relación entre China y los Estados Unidos radica en la amplia tenencia de bonos del Tesoro estadounidense por parte de la potencia asiática. A números de 2019, China posee el 17 por ciento de la deuda externa total del gobierno de los Estados Unidos, que equivale a US$ 1,13 billones y posiciona al país de Xi Jinping como el mayor prestamista de la administración Trump, aunque esta proporción venía de mandatos anteriores.

Pero ese equilibrio puede correr más riesgo que el que aparenta. Luego de que en marzo el gobierno de China se desprendiera de bonos estadounidenses por más de US$ 20.000 millones –la mayor venta de la era Trump–, el diario estatal chino The Global reveló que altos cargos de la administración Xi Jinping buscan deshacerse de una parte de cupones estadounidenses que posee.

Existen señales contrapuestas al respecto. Por un lado, en los últimos meses China diversificó buena parte de su cartera, adquiriendo por primera vez oro. Pero, por el otro, la mayor parte de los bonos serían recomprados por la Fed contra emisión de dólares, lo que depreciaría la divisa –dependiendo la magnitud de la readquisición– y, por ende, las reservas chinas, nominadas casi en su totalidad en dólares: ascienden a US$ 3,1 billones. Además, tampoco existen muchas opciones de inversión de bajo riesgo que puedan sustituir los cupones estadounidenses.

Pero en contraposición a la gran tenencia de China de deuda estadounidense se encuentra la fragilidad que mostró el yuan en los últimos años y que se manifestó con más fuerza desde el inicio del conflicto comercial. Es que en los últimos 12 meses, luego de la puesta en vigencia de los nuevos aranceles, la moneda china se depreció más de 60 por ciento, lo que provocó que Trump acusara a Xi Jinping de devaluar su divisa “para mejorar su competitividad”, en compensación a los sucesivos paquetes arancelarios y sin riesgo de agitar la política china dado el régimen totalitario que persiste.

Si bien en la segunda mitad de mayo la pérdida de valor frente al dólar se morigeró y el yuan parece estar en una tendencia de apreciación, la guerra comercial entre el águila calva estadounidense y el dragón chino del lejano oriente no parece tener fin en el horizonte.

(Publicada en la edición número 306 de la revista Apertura; junio de 2019)

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