Lunes  18 de Febrero de 2019

Opinan seis expertos: qué falta para que la economía salga del pozo

Secco, Sigaut Gravina, Dal Poggetto, Lorenzo, Tiscornia y Giorgio diagnostican la situación actual y aventuran salidas a la crisis

Opinan seis expertos: qué falta para que la economía salga del pozo

El 2018 fue el peor en materia económica de los últimos 11 años, signado por una devaluacion de más del 50%, la sequia más aguda en medio siglo y una inflacion mayor a 48%. El comienzo y la magnitud de una eventual recuperación parecen inciertos para los especialistas. 

En diálogo con El Cronista, Luis Secco, Lorenzo Sigaut Gravina, Marina Dal Pogetto, Camilo Tiscornia, Lorena Giorgio y Guido Lorenzo analizaron la situación actual y compartieron sus proyecciones para este año.

Luis Secco - Perspectivas Económicas

Luis Secco

El año pasado terminó y 2019 arrancó con una caída de la actividad económica y una tasa de inflación lejos de cualquier expectativa que pudieran tener tanto el Gobierno, como los mercados y la opinión pública. El fracaso del gradualismo finalmente dio paso a un régimen de política macroeconómica algo más consistente, que lentamente va reduciendo los desequilibrios macro (el déficit fiscal, el externo y la fragilidad del balance del Banco Central).

La reducción de esos desequilibrios es una buena noticia para la estabilidad y el crecimiento, pero hoy pesan mucho más los titulares que dan cuenta de una recesión y una inflación que no aflojan, y está lejos de dejar de ser el centro de todas las miradas.

En este contexto, el Gobierno ha decidido hablar lo menos posible de economía (aunque se cometen algunos deslices) mientras se aferra al cumplimiento de lo acordado con el FMI. Ahora bien, ¿alcanza? O, mejor dicho, ¿para qué alcanza? Probablemente alcance para que la economía no vuelva a desbarrancarse en el corto plazo, y puede ser un buen punto de partida, pero difícilmente alcance para lograr un crecimiento sostenido a partir de 2020.

Sin un programa económico integral, sin que se aborden las cuestiones estructurales que hacen a la insolvencia fiscal, la falta de competitividad y la inestabilidad de las reglas de juego, sólo se habrá surfeado una crisis sin que se haya hecho nada para evitar la próxima.

Camilo Tiscornia - CyT Asesores Económicos

La Argentina arrancó 2018 digiriendo la conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017, que acabó con los intentos de independencia del BCRA. Pero de fondo venía sufriendo el conocido problema de los déficits gemelos, es decir, la combinación de déficit fiscal y déficit externo, potenciado por la aún elevada inflación.

La situación se agravó cuando comenzó a subir la tasa de interés en Estados Unidos y lo hizo más aún con la sequía. Si algo faltaba fue la decisión de gravar la renta financiera de los no residentes, eliminando todo tipo de financiamiento y desatando el ajuste que este tipo de desequilibrios requiere: depreciación, tasas en alza, recesión, ajuste fiscal y un prestamista de última instancia, el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Lamentablemente, esta no es más que otra repetición de las recurrentes crisis que experimenta la Argentina, y que el ciudadano común sufre a través de la pérdida de su poder adquisitivo y del alza del desempleo, lo que implica más pobreza.

Pero, también como en otras oportunidades, los ajustes ocurridos mejoraron el estado de varios indicadores relevantes con relación al inicio de 2018, si bien otros se deterioraron. Esto abre la puerta para una recuperación durante este año, pero siempre se mantiene el interrogante: ¿cuándo será la próxima crisis? Viendo nuestra historia, esa crisis será inevitable si no se sigue adelante con la necesaria reversión del déficit fiscal. ¿Se resuelven con eso todos los males de la Argentina? Sin duda que no, pero se estaría dando un paso enorme para acotar la notable volatilidad macroeconómica que nos caracteriza y que constituye una de las principales trabas para el desarrollo del país.

Marina Dal Poggetto - EcoGo

Marina Dal Poggeto

La combinación de un gradualismo inconsistente que amplificó los desequilibrios de partida (déficit fiscal y externo) junto a una duplicación del endeudamiento del sector público (incluyendo las Letes​​) y de los pasivos remunerados de muy corto plazo del BCRA (Lebac) fomentada por la eliminación de los controles a los movimientos especulativos de cortísima duración chocó con la doble sequía que afectó a la Argentina en 2018. Sequía que implicó la pérdida de una tercera parte de la cosecha y fundamentalmente el cierre de los mercados de crédito. Como corolario de esto, el gradualismo que intentó ser redireccionado hacia algo más consistente después de las elecciones de medio término se convirtió en un shock.

La forma en que se financió la corrida que arrancó en noviembre con una devaluación “gradual”, incluyendo los desembolsos del primer acuerdo “bastante malo” con el FMI y la necesidad de ir a un segundo acuerdo para alejar el riesgo cierto de espiral inflacionaria (dólar, precios, salarios) en la que estaba entrando la economía en octubre frente a la aceleración de las preguntas sobre el default y el inicio de una corrida contra los depósitos en dólares de los bancos llevó a una situación, donde la estabilización financiera lograda con un programa monetario y fiscal muy agresivo (y ahora de nuevo un giro del contexto internacional que vuelve a ayudar) convive con una recesión muy pronunciada y con niveles de inflación que bordean por arriba el 3% mensual.

Y esto entrando a un año electoral, donde las dos preguntas que surgen son: ¿dura el viento de cola? ¿alcanza para despejar la incertidumbre electoral frente a una economía que no va a dar buenas noticias?

Lorenzo Sigaut Gravina - Ecolatina

Lorenzo Sigaut Gravina

A comienzos de 2018 existía cierto consenso de que la economía argentina podría romper con la maldición de los años pares. Sin embargo, el choque entre las expectativas y la realidad fue muy duro: la Argentina sufrió una profunda crisis de confianza (corrida cambiaria y cierre de los mercados financieros), que fue contenida hacia fines del año, tras acordar un segundo acuerdo stand-by con el FMI que blindó a la administración Macri.

El segundo acuerdo con el Fondo funcionó como un plan de estabilización, ya que logró frenar el círculo vicioso: salto cambiario, brote inflacionario, brusca recesión y dudas sobre el repago de la deuda pública en moneda dura. Sin embargo, no evitó un fuerte deterioro de las variables socioeconómicas: el PBI se desplomó 7% -desestacionalizado- a lo largo del año, la inflación rozó 50%, el empleo retrocedió y la pobreza trepó significativamente (habría afectado a un tercio de la población).

La única forma de salir de esta compleja situación es generando consenso sobre cuatro pilares:

  • Alcanzar un superávit externo (la argentina tiene que gastar menos de lo que produce) para mostrar capacidad de “repago” de la deuda en moneda extranjera.
  • El sector público tiene que generar excedentes en moneda local para comprarle al sector privado las divisas genuinas.
  • Recuperar una trayectoria de crecimiento, liderada por los sectores transables para no volver a chocar con la restricción externa.
  • Aplicar una política redistributiva que potencie el mercado interno, variable clave para generar empleo y mejorar los indicadores socioeconómicos.

Guido Lorenzo - LCG

Guido Lorenzo

Hubo una subestimación de los problemas heredados y además un problema grave de coordinación entre la política fiscal y la monetaria. La insistencia en implementar el régimen de metas de inflación, a la vez que se corregían precios relativos claves incluso para cerrar el déficit fiscal, generaron sólo el atraso del tipo de cambio y, con ello, una ilusión en que este programa estaba funcionando. Priorizar la baja de la inflación antes que el empleo fue un error, más aún profundizando el atraso y la garantía del carry trade por parte de la política del BCRA.

A esta situación llegamos cuando el mundo empezó a desconfiar de nuestro país. Un mismo nivel de actividad requería que Argentina pida montos crecientes en el exterior para financiar su cuenta corriente, agravada por la sequía. Así, en el año 2018 el déficit de cuenta corriente proyectado era de u$s 30.000 millones y los avances en materia fiscal no eran lo suficientemente importantes para garantizar la solvencia.

Cuando se genera esa dependencia por el endeudamiento, y está sostenido ficticiamente por capitales de corto plazo, el riesgo de la reversión de flujo de capitales es grande, y terminó sucediendo. El BCRA hizo un mal diagnóstico acerca de dónde sería adecuado que se encuentre el tipo de cambio, vendió reservas y el mercado le ganó la pulseada.

Las consecuencias de la fuerte depreciación no anticipada se traducen en mayor incertidumbre que arrastra a la inversión, la actividad, el empleo y los salarios a la baja. Una aceleración de la inflación y la necesidad de volver a estabilizar la economía. Se cambian las prioridades.

La visión fiscalista del gobierno se acentuó con la llegada del FMI, en un plan de estabilización que sirve solo para lograr estabilidad, pero que no es un programa de crecimiento.

Salir de esta situación implicará primero demostrar que el país nuevamente logró estabilidad. Una vez superado esto habrá que repensar la estrategia del crecimiento. Este año la apuesta a las exportaciones es clave porque, además de generar demanda, va a proveer los recursos para cerrar el déficit fiscal, pero va a ser un rebote respecto al año anterior. Si realmente existe un plan de fomentar que sectores que venden en el mercado doméstico empiecen a exportar sus bienes y servicios al resto del mundo, vamos a necesitar una política cambiaria que lo fomente pero en forma permanente. Hay que tener cuidado con no caer nuevamente en la tentación del atraso.

El Ministerio de Producción deberá tener un rol más importante para determinar las verdaderas posibilidades de cada sector. Asimismo, el Estado debería mitigar la incertidumbre, en estos año la amplificó. De esta manera los proyectos que rindan frutos para los próximos años pueden surgir, caso contrario estamos destinados a seguir sufriendo volatilidad y una visión miope de nuestros problemas.

Lorena Giorgio - EconViews

Lorena Giorgio

La combinación de múltiples factores hizo que 2018 fuera un muy mal año en materia económica. Por un lado, el mundo estaba cambiando (suba de tasas americanas, fortalecimiento del dólar a nivel global, entre otros) y la Argentina no supo -o no pudo- adaptarse a esos cambios. Al mismo tiempo, los desequilibrios macroeconómicos que se arrastraban comenzaron a desbordarse.

El déficit de cuenta corriente llegó al 5% del PBI en 2017, la inflación se mantuvo en niveles elevados y el debilitamiento del peso durante el verano causó grandes pérdidas a los inversores que apostaban por el carry trade. La política monetaria del  Banco Central fue muy errática -principalmente después del 28D-, los instrumentos para contener el tipo de cambio parecían haberse agotado y la economía entró en un círculo vicioso de drenaje de reservas internacionales. Todo esto deterioró la confianza de los mercados e impactó sobre el financiamiento externo, que era indispensable para avanzar con la política gradualista de reducción del déficit fiscal.

Crisis cambiaria, crisis de balanza de pagos, fuerte sequía e incertidumbre política tras el caso de “los cuadernos” y la cercanía de las elecciones presidenciales. Cartón lleno.

Hacia adelante es necesario moderar las expectativas de inflación y reconstruir la confianza en el peso, seguir avanzando hacia la consolidación fiscal y prolongar la estabilidad financiera y cambiaria. Y aunque se hagan todos los deberes, la economía necesita también que el riesgo país siga cayendo. Es un proceso largo, y hay que tener paciencia. Recuperar la confianza cuesta muchísimo más que perderla.

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Revista Infotechnology