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Ni la calma implica que todo está bien, ni el nerviosismo que el barco se hunde

Ni la calma implica que todo está bien, ni el nerviosismo que el barco se hunde

La Argentina no solo tiene la particularidad de ser el país con mayor cantidad de dólares físicos después de Estados Unidos. También se destaca por ser el que genera una demanda creciente de esta moneda a medida que su valor en pesos sube. En cualquier mercado, el aumento de precio es un incentivo a vender. Acá es un incentivo a comprar, porque la desconfianza hacia la moneda local es infinita y lo único que produce tranquilidad a los escépticos es atesorar un billete verde.

Esta tendencia tiene épocas en las que se atenúa, y otras en la que crece. Pero solo en los mostradores de bancos y casas de cambio. Porque cuando hay atraso cambiario y el dólar se abarata, los argentinos lo gastan en viajes y turismo, y empujando importaciones de productos que suelen ofrecer más calidad por un precio más accesible.

La diferencia es que cuando el billete se "gasta", crea un problema, pero sin alterar la sensación aparente de normalidad. El déficit del sector externo (cuando uno genera menos dólares de los que toma prestado o consume) no le quita el sueño a la clase media. Cuando el dólar sube y el peso se devalúa, técnicamente ayuda a corregir este desequilibrio, ya que impulsa las exportaciones y licúa el gasto en moneda dura, achicando la necesidad de endeudamiento. Pero ese proceso está lejos de tranquilizar al ahorrista. De hecho, le da una sensación de pérdida que lo incentiva a comprar más dólares para cubrirse, realimentando de ese modo el circuito.

Uno de los factores que potencia el nerviosismo de estos días, es que a la sociedad le cuesta determinar con certeza cuándo la economía está bien y cuándo está mal. Mientras el problema es subterráneo, nadie se agita. Cuando se hace visible, la sociedad se pregunta por qué hubo que llamar a la ambulancia del FMI. El Gobierno tiene parte de responsabilidad: sintió que con el gradualismo alcanzaba. Y no aclaró que era una apuesta que funcionaba solo si fluían los dólares prestados. Hoy tiene el apoyo de Trump y los países que manejan el Fondo, y parece poco. Mucho más no hay. El rumbo, claramente, necesita mucha más explicación.

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