Jueves  16 de Abril de 2020

Mario Pergolini se equivoca: tercerizar y precarizar, eso fue la reforma laboral

Mario Pergolini se equivoca: tercerizar y precarizar, eso fue la reforma laboral

Las declaraciones recientes de Mario Pergolini en cuanto a la necesidad de una reforma laboral han levantado una enorme polvareda.

Utilizo a propósito la idea de polvareda porque creo que el enojo o las posturas acríticas nos impiden a veces ver con claridad.

Creo que Mario acierta cuando habla de que el trabajo ha cambiado muchísimo en los últimos años y que la legislación laboral vigente no siempre logra dar cuenta de esas transformaciones.

Pero a diferencia de lo que él sostiene, pienso que esa inadecuación no es un problema entre empleados y empleadores, sino entre empresas de distinto calibre.

A partir del año 1943, y en consonancia con lo que ocurría en las democracias occidentales más desarrolladas, la Argentina transitó el camino de la asignación de derechos sociales a través del empleo, fomentando a la vez el desarrollo de la industria y del movimiento obrero.

Esa etapa fue caracterizada como una tregua entre trabajo y capital: la mejora de las condiciones de vida obrera generaba capacidad de consumo para la industria naciente. Este pacto permitió el ascenso social a través del desarrollo de clases medias asalariadas, que pasaron a compartir pautas de vida antes solo reservadas a las elites: acceso a la educación superior, vacaciones en el extranjero, adquisición de propiedades, etc.

A mediados de los 70 este pacto se terminó de romper a sangre y fuego a través del terrorismo de Estado. Y aunque existieran motivos locales y particulares que explicaron esa ruptura y el modo en que se expresó, el cambio del modelo de acumulación también se dio en el mundo.

Desde mediados de los 70 las ideologías dominantes nos han querido enseñar que el trabajo es un costo, que el sistema jubilatorio es irracional, que las protecciones sociales son un obstáculo para el desarrollo.

Mientras tanto, las empresas más concentradas se han ido deshaciendo de los trabajos superfluos a través de procesos de tercerización que han llevado al creciente deterioro de las condiciones de vida de sectores cada vez mayores de la población. Estas actividades fueron absorbidas por empresas ad hoc. Si el modelo de los años 40 ofrecía el ascenso social a través del empleo asalariado, este modelo encausa esas expectativas en el “emprendedurismo” que es absolutamente funcional al modelo de acumulación, porque absorbe los costos y riesgos de lo que las empresas capitalistas han querido desprenderse. Y desde ya, este entramado emergente de débil estructuración, necesita del permanente salvataje estatal, sea a través del alivio impositivo o de la transferencia directa de recursos. Así se cierra el circuito: el Estado termina absorbiendo una parte de los costos de los que las grandes corporaciones han querido desprenderse.

Entonces no parece razonable que busquen desfinanciar al Estado pidiendo baja de impuestos o contribuciones. El desafío que tienen por delante es emular el camino que transitó el movimiento obrero, buscando que quienes se benefician de su trabajo y su talento, es decir estas grandes corporaciones a las que prestan servicios, compartan socialmente sus ganancias o al menos les garanticen continuidad cuando las condiciones de mercado mutan.

Y un primer paso para avanzar en este camino puede ser el impuesto a las grandes fortunas que Pergolini rechaza de plano.

En otro tramo de su reflexión, Mario Pergolini habla de que no se le puede pedir a los bancos o al mercado que tengan corazón. Lo que encierra esa frase es la convicción de que los intereses corporativos son la razón de ser de la vida en sociedad. Situaciones como las que estamos atravesando muestran que esta convicción es errada, no solo por motivos morales que suscribo personalmente, sino por cuestiones de eficiencia económica.

No hay mercado o negocio que pueda producir réditos cuando la salud de la población mundial está en juego. Y esas empresas que no pueden o no quieren pensar más que en sus ganancias quedan atrapadas en su propia impotencia: no pueden producir, pero tampoco pueden hacer cesar la crisis.

Por suerte, hay excepciones y no todas actúan de esta manera, pero hay que admitir que, en la Argentina, la presencia y capilaridad del Estado viene siendo un atributo central para enfrentar la crisis.

El otro ha sido el movimiento obrero que ha aportado recursos, soluciones e iniciativas que han reforzado las capacidades sociales.

Las herramientas con que uno y otro actor cuentan provienen del empleo, de esa institución que garantiza que podamos cuidarnos unos a otros, que los niños no deban trabajar, que los ancianos puedan gozar de su retiro, que no quedamos librados a nuestra suerte frente a una pandemia, una inundación o un terremoto.

Para evaluar las consecuencias sociales y económicas de salir de este modelo, basta mirar a aquellos países en los que no se ha desarrollado un Estado de bienestar o el empleo no funciona como factor de distribución de seguridad social. Muchos/as estadounidenses, por ejemplo, saldrán de la crisis originada por la pandemia con el dolor de alguna perdida personal, quizás sin trabajo, pero seguramente endeudados por años para afrontar los costos de haber sido atendidos si sufrieron complicaciones respiratorias ocasionadas por el virus Covid-19.

Como bien señala el economista francés Thomas Pîketty: “La desigualdad no es resultado de la economía, es producto de la política”. Y por eso la política debe impulsar no solo el trabajo decente sino una sociedad decente.

Es inmoral pedir que sean los trabajadores/as y el Estado quien les garantice su ganancia empresaria, aún desde el punto de vista liberal. Es inmoral que pretendan ganar sin contribuir al sistema protectorio al que van a recurrir cuando sean ancianos, se enfermen, no puedan pagar los salarios o sufran una emergencia. Es inmoral que pretendan tener empleados que van a quedar todavía más desprovistos frente a situaciones difíciles. Pero fundamentalmente es poco racional, porque sin actividad económica, sin Estado que regule la competencia, sin consumidores… tampoco hay negocio.

El sistemático fracaso de la precariedad laboral en el mundo como salida a las crisis económicas ha dado suficientes pruebas de ello.

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