Viernes  09 de Junio de 2017

La interna del euro y el italiano que irrita cada vez más a Merkel

Angela Merkel y Mario Draghi

Los alemanes nunca lo quisieron. Ya cuando había trascendido su candidatura para encabezar el Banco Central Europeo, el popular diario alemán Bild tituló: "¡Mamma mía!". Después de todo, qué sabía un italiano de controlar la inflación. El desembarco de Mario Draghi provocó escozor desde el principio y la propia canciller Angela Merkel viene sobrellevando con claro disgusto esta convivencia forzada. Pero nunca como la semana pasada se había inmiscuido en forma tan flagrante en las lides monetarias. En el inesperado escenario de una visita a una escuela, el dedo acusador de Berlín apuntó una vez más al italiano: el euro está demasiado débil. Es culpa de Draghi, sentenció Merkel, al igual que el superávit récord alemán. Con las elecciones de septiembre a un paso, y el partido euroescéptico despotricando por las tasas negativas, Merkel eligió un ataque frontal. Pero el imperturbable Draghi no parece haber entrado en el juego.

Ayer, en una reunión atípica que se trasladó hasta Estonia -un alumno ejemplar de Draghi que entró al bloque en 2004 y se sumó al euro siete años después–, el Banco Central Europeo indicó que no planea recortes adicionales de tasas de interés (hoy en 0%) pero que una inflación acotada implicaba que continuaría inyectando más estímulo en la economía, lo que deprime la cotización de la moneda. Si bien el euro recuperó más de un 6% desde principios de abril hasta los actuales 1,12 dólares, el repunte estuvo más motivado por la percepción de que la Reserva Federal de los Estados Unidos difícilmente vuelva a subir la tasa este año más allá de junio (las chances cayeron abajo del 50%).

La política ultra-expansiva de Draghi pisa una revalorización más vigorosa del euro, que en los últimos tres años perdió un 25%. El italiano lleva más de dos años comprando bonos en el mercado –o sea, inyectando liquidez– con un programa que ya alcanzó los 2,34 billones de euros. Y dejó en claro que seguirá con compras mensuales por 60.000 millones al menos hasta fines de 2017. Hoy la previsión de inflación para este año en la zona euro está en sólo 1,5%, abajo del 1,7% anterior, con una estimación de crecimiento de 1,9%, por encima del 1,8% previo.

Hay analistas que creen que aún sin una "exit strategy" del banco central, el euro podría seguir ganando algo de impulso. Pero Merkel no está contenta.

Un alemán en el BCE

La canciller alemana ya está moviendo los hilos. No sólo un superávit récord de u$s 270.000 millones ya generó fricción con la Washington temeraria de Trump sino que los ahorristas pagan por dejar su dinero en los bancos. Aunque todavía faltan más de dos años para que expire el mandato de Draghi (octubre de 2019), la canciller ya está en campaña para que el próximo titular de la entidad sea un alemán. Al fin de cuentas, ya le tocó a los Países Bajos, a Francia y a Italia. El candidato es el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann.

Pero la relación no siempre fue ni tan tensa ni tan incómoda. Hacia 2012, cuando Draghi aseguró a la comunidad internacional que haría todo lo necesario para evitar un quiebre del bloque, quedó consagrado en forma unánime como el salvador del euro. Pero apenas unos años después, en la reunión de Jackson Hole de 2015, esa cita anual de banqueros centrales en las montañas de Wyoming, las cosas empezaron a deteriorarse. Draghi no sólo anunció, sin dar mucho aviso, un programa de compra de deuda por 1 billón de euros (compra masiva de títulos soberanos, ya no sólo de países periféricos, además de activos privados) sino que sugirió que Berlín debería aplicar una política fiscal más laxa para estimular la economía. Fue demasiado. La propia Merkel lo definió com un "game changer". Las cosas no volvieron a ser como antes.

El malestar por este tema no era nuevo. Ya durante la gestión del francés Jean Claude Trichet, dos alemanes dejaron el consejo enojados por la heterodoxia monetaria: Axel Weber y Juergen Stark. En estos últimos días, el francés Benoit Coeure, miembro del BCE, respaldó las tasas negativas como herramienta efectiva, con lo cual parece ser que el nuevo eje franco alemán Merkel- Macron no se reproduce en el seno del BCE. Pero el estoicismo de Draghi debe lidiar con la arremetida alemana.

Draghi tiene espalda

Tiene sus recursos, claro. No sólo dicen que su formación jesuítica selló su particular cepa de pragmatismo inconmovible. Le sobran credenciales. Entre 1984 y 1990 fue director ejecutivo del Banco Mundial, mientras que durante los noventa estuvo al mando del Tesoro italiano, una gestión que le valió el apodo de "Super Mario", al sacar al país de un precipicio de déficit, deuda e inflación. En 2002 fue designado vice-chairman en Goldman, aunque ese paso por la banca de inversión le supuso algún cuestionamiento en pleno escándalo por la tergiversación de las estadísticas griegas. Después vino el Banco de Italia, donde había trabajado su padre, un hombre de clase media. Draghi fue además el primer italiano en obtener un doctorado en el MIT. Lo hizo bajo la tutela del Nobel de Economía Franco Modigliani.

En todo caso, los números también ayudaron estos días ya que la inflación alemana, que había llegado a un pico de 2,2% en febrero y había puesto nerviosa a Merkel, cedió a 1,5% interanual en mayo, confirmando la tesis del italiano de que el repunte de los precios era coyuntural, atribuible al precio de la energía, y que la inflación todavía seguía básicamente sostenida por la política monetaria.

Hay, no obstante, un dato que inquieta: las tenencias extranjeras de los bunds alemanes (los bonos de referencia) está en su menor nivel desde la crisis de 2008. Los inversores extranjeros se habían convertido en la principal fuente de la que se nutría el Bundesbank, que opera en nombre del BCE, y el temor empieza a sobrevolar de que quizás ya no hay mercado suficiente para seguir adelante.

La alemana y el italiano deberán seguir tolerándose civilizadamente. Pero el estrés electoral no ayuda. Tras el reciente triunfo del AfD (Alternativa para Alemania) en las elecciones regionales (el mejor resultado de un partido de derecha desde la Segunda Guerra), el ministro de finanzas Wolfgang Schäuble fue tan lejos como para asegurar que la mitad de la culpa era de Draghi. Super Mario no parece inmutarse.

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