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Facebook es gratis porque Zuckerberg es generoso... ¿o el producto somos nosotros?

Facebook es gratis porque Zuckerberg es generoso... ¿o el producto somos nosotros?

El miércoles me apareció en mi feed de Instagram un anuncio sobre un evento en un bar, una noche temática que tenía todo lo que busco un viernes a la noche. El evento promocionaba una noche de videos musicales de bandas viejas. Me resultó llamativo que esas bandas fueran del mismo estilo de una que se presentará en Buenos Aires dentro de poco, teniendo en cuenta que yo había sacado entradas para dicho recital días antes por Internet.

Pensé que este era otro ejemplo más de cómo los registros digitales que dejamos son utilizados para vender productos, en este caso, la noche temática en ese bar. Sin embargo algo me hacía ruido. Si mi registro de compra en una empresa había derivado en una oportunidad de venta de otra empresa, ¿quién era realmente el producto? ¿El recital, el evento en el bar, o mi información? ¿No será mi perfil digital lo que se compra y vende en la red?

El reciente escándalo de filtración de información de millones de perfiles de Facebook a la consultora Cambridge Analytica y su uso para la campaña presidencial de Donald Trump del 2016 abrió una caja de Pandora en lo que refiere a la privacidad de nuestros perfiles digitales. Si bien el suceso fue tan trascendente a nivel político que llegó hasta al Senado estadounidense, no es más que la punta de un iceberg de prácticas tan cotidianas que las naturalizamos por completo.

Dejando de lado lo polémico del asunto, el delito real de Facebook consistió en haberle permitido a Cambridge Analytica tener acceso a información de usuarios cuando esto no estaba convenido en la larga lista de concesiones de los famosos Términos y Condiciones. Sin embargo, lo que lo convirtió en un verdadero escándalo fue el posterior uso de estos datos para la campaña de uno de los principales candidatos en las elecciones más importantes de Estados Unidos. Relatado de este modo suena muy sencillo pero probablemente si nos quedamos pensando en el tema un rato más aparezcan algunas preguntas ¿Qué información hay en mi perfil que sea tan interesante o útil para una campaña política? ¿Exactamente qué datos son los que les sirve? ¿Cómo los usan?

Las huellas que dejamos

Facebook, y la gran mayoría de redes sociales, reúne toda la información que cada usuario deposita en su perfil como datos personales y, a su vez, almacena los datos que le damos al dejar huellas digitales. Entendamos por huellas digitales las interacciones que realizamos en la plataforma, del tipo que sea, con otros usuarios o con páginas o publicidades. Desde la reproducción de un video hasta el like a una página de venta de ropa. Los likes que damos quedan registrados y luego se cruzan para formar diferentes “tipos de personalidades” que dan tipos de usuarios, en este caso, políticos. Los posibles votantes son identificados y se arma la campaña en función a ese sector poblacional. Se piensa qué conviene decir, cómo, cuándo y dónde. Maximización de recursos en su mejor expresión.

El episodio de Cambridge Analytica fue grotesco, público y movilizador por sus implicancias políticas, pero no es ni el primer ni el último caso de circulación indebida de datos o de su aprovechamiento para actividades con fines moralmente cuestionables. Nuestra información circula todo el tiempo por páginas, consultoras y empresas que no imaginamos. Para darnos una idea podemos hacer un ejercicio muy simple que es ingresar a nuestro perfil de Facebook y descargar nuestros datos. La opción, si bien no es muy publicitada, está a nuestra disposición como indica en el contrato que aceptamos al ingresar a la plataforma. Al descargar nuestros datos podemos acceder a la información que existe sobre nosotros, y podemos ver una carpeta titulada “Ads”.

Sugestionada por lo de Cambridge, por el anuncio en Instagram y muy intrigada por saber qué saben sobre mí, lo hice. Al entrar a esa carpeta pude saber cuáles son las empresas que tienen mi perfil y que lo utilizaron, utilizan o utilizarán para clasificarme en un tipo x de usuario y luego decidir si soy o no una posible consumidora.

Diferentes empresas intercambian mi perfil para realizar sus ventas y no puedo evitar preguntarme cuánto de ese intercambio es a mis espaldas y cuánto es permitido e incluso facilitado por mí. Si soy yo quien arma un perfil digital con detalles de mi vida personal en una red social con fines de lucro, si soy yo quien elige pertenecer a una red de contactos global, y si soy yo quién postea fotos con direcciones de lugares a los que frecuento y productos que consumo de forma cotidiana, ¿debería sorprenderme o indignarme cuando aparece un anuncio en Facebook sobre una conversación que mantuve en WhatsApp?

El concepto Facebook de lo gratuito

El submundo de las redes sociales es único y posee reglas de juego muy  específicas que a menudo no terminamos de comprender. Sabemos que son redes privadas con dueños que buscan generar ganancias pero aun así sentimos que nuestros perfiles son, precisamente, nuestros y que deben existir límites en lo que respecta a la privacidad de nuestra información. Nos escandalizamos al saber que los usan para enviar propaganda política pero fuimos nosotros los que ingresamos voluntariamente a plataformas que se mantienen de la venta de información que realizan.

Facebook es gratis y lo seguirá siendo”, lee la leyenda de la página de inicio. Quizás deberíamos definir el concepto de lo gratuito, ¿no estamos pagando un costo por las redes y aplicaciones que usamos? ¿Personas como Mark Zuckerberg son tan generosas que nos regalan una red para que disfrutemos? ¿No será que los productos somos nosotros?

Me pregunto si estamos siendo protagonistas de una era donde existen nuevos patrones de consumo gracias a la mercantilización de nuestras personas, donde nuestros cuerpos y mentes se convierten en bienes de consumo ¿Hasta qué punto dimensionamos la dinámica de sobreexposición voluntaria de la que somos parte? Si somos nosotros los que elegimos comunicar lo que hacemos, con quién, dónde y cuánto lo estamos disfrutando, ¿somos víctimas indefensas o solamente nos quejamos cuando los efectos de esta especie de big brother adquieren dimensiones tales que nos asusta? Mientras sigo reflexionando sobre mi responsabilidad en este nuevo juego de lo público y lo privado, les comento que la noche temática de bandas viejas en el bar estuvo buenísima.

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Comentarios1

Capullo, a pesar de ser mujer, acertaste, las personas son el producto. Me diste una alegría, me sentía solo. La esclavitud por otros medios. Antes se vendían personas reales, ahora las virtuales. El resultado es el mismo. ¨rubenardosain.wordpress.com¨