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MIÉRCOLES 24/07/2019
Martes  04 de Septiembre de 2018

Decálogo para gobernantes perplejos

Decálogo para gobernantes perplejos

ENRIQUE ZULETA PUCEIRO Consultor y analista político. Director de OPSM.

En tiempos de redefinición de estratégicas como los que vive el Gobierno después de los reveses económicos y políticos de las últimas semanas, nada mejor útil que revisar la experiencia argentina cada vez que el país se sumó en crisis del tipo de la que estamos viviendo.

No es esta, en efecto, la vez que un gobierno se ve obligado, siempre hacia mediados de su mandato, a sufrir el costo político de las expectativas insatisfechas de una sociedad impaciente e indignada. Le paso ya antes a quienes intentaron cambios a todos los gobiernos desde la transición de 1982 hasta la fecha.

Con lógicas diferencias de época y contexto, la coyuntura que hoy asfixia al gobierno es, en más de un sentido, casi idéntica a la que vivieron quienes se vieron forzados, avanzados sus mandatos y con el combustible político casi agotado a afrontar los dilemas que surgen de la necesidad de combinar las emergencias del ajuste con el imperativo superior de las reformas estructurales prometidas y aún pendientes.

Como aporte a este ejercicio indispensable de crítica constructiva, acaso vale la pena repasar las enseñanzas que, a comienzos de los años 90, nos brindo en su visita a Buenos Aires el ex ministro laborista neozelandés Roger Douglas, protagonista de la milagrosa recuperación de su país en 1984, juzgada históricamente como uno de los modelos comparados más exitosos del tipo de crisis que hoy volvemos a atravesar.

Quien quiera repasar esta valiosa enseñanza, no tiene mas que ojear el archivo de El Cronista en su edición del miércoles 3 de octubre de 1990 y apreciar la vigencia sorprendente del decálogo para gobernantes perplejos que nos dejó Douglas. Ofrece un testimonio condensado de lo que sabe y puede hacer la política cuando decide renunciar a las tentaciones del electoralismo cortoplacista para asumir un compromiso sereno y riguroso con el interés general.

Los políticos de todo el mundo -nos advirtió cuando nos visitó hace casi treinta años Douglas-, tienen la tendencia a postergar las reformas estructurales hasta que la realidad termina por desbaratar las ilusiones del gradualismo y obliga a asumir sin más las condiciones objetivas de la emergencia. En ese momento, caduca el tiempo de los "relatos" y, en un escenario de naufragio colectivo, la supervivencia política pasa a depender exclusivamente de la capacidad y el coraje para tomar buenas decisiones.

Sin margen alguno para el voluntarismo, la recuperación de la confianza y el apoyo de la sociedad depende entonces de principios como los siguientes:

1. "Para políticas cualitativas, se necesita gente calificada". Es decir, gente calificada por su capacidad para hacerse cargo de decisiones fundamentales. Capaces de combinar, bajo presión, experiencia, conocimiento, análisis, imaginación y habilidad para pensar lateralmente y desarrollar una amplia variedad de opciones. "Es clave reemplazar a la gente que no puede o no quiere adaptarse al nuevo entorno". O sea, a quienes creen que pueden trasladar sus habilidades personales para ganar elecciones o disputar espacios políticos al terreno del gobierno de situaciones de alta complejidad como las que plantea la gestión de la crisis. A quienes abusan de la imagen del barco, habrá que recordarles que los mejores capitanes están obligados a ceder su puesto a los prácticos, cuando de lo que se trata es de llevar la nave a puerto.

2. "Implementar las reformas través de saltos cuantitativos, paquetes grandes y significativos". Ello implica abandonar el confort de los gradualismos y la tentación de avanzar paso a paso. Es necesario pensar y actuar en grande. Es decir, definir y asumir objetivos cuantitativos importantes. Es la única forma de desbaratar la presión de los intereses establecidos, que jamás aceptaran los cambios importantes. Las reformas estructurales implican terminar con privilegios. La sociedad solo acompañara los cambios en la medida en que advierta con claridad que lo que se busca es el interés de todos. Es decir, el mejoramiento global de las oportunidades de todos y cada uno y, por supuesto, en la protección de los más vulnerables.

3. "La velocidad es esencial". Los intereses creados siempre argumentaran que los cambios deben ser lentos y progresivos. Especulan con que las dificultades y las inercias heredadas y el escepticismo ambiente permitan ganar tiempo para generar reflejos defensivos en la opinión pública, siempre atenta a los menores indicios de inseguridad y falta de convicción de quienes gobiernan. La sospecha publica en torno al gattopardismo. de quienes periódicamente se encaraman en el poder es, desagraciadamente, un dato central a considerar.

4. "Una vez que se inicia el cambio, nunca lo deje parar". Es clave remover la sospecha publica de que las reformas son en realidad experiencias de laboratorio de los profesores de economía -siempre esclavos de sus papers pasados-, imposiciones de la burocracia internacional o, aun peor, "procesos de aprendizaje" de funcionarios que descubren lo que es la gestión pública a costa del sacrifico de los demás. La sociedad solo confiara en quienes puedan transmitir un sentido firme de la orientación y, sobre todo, dejar de lado cualquier tipo de especulación política. La persistencia en el esfuerzo es clave para obtener una respuesta publica sostenida en el tiempo.

5. "Consistencia + Credibilidad = Confianza". Ello implica una combinación siempre difícil entre consistencia personal y política, sumada a decisión y capacidad para comunicar el sentido y objetivos de la propuesta. Recuperar la confianza implica decisión, claridad, coherencia, congruencia y velocidad. Sobre todo, implica la capacidad de saber y poder transmitir lo que se sabe, se puede y se quiere hacer.

6. "Deje que el perro vea al conejo". La comunicación es clave, ya que la sociedad no cooperará ni asumirá sacrificios si no ve con claridad hacia donde se dirige el gobierno. Es clave transparentar por adelantado intenciones, objetivos y metas. Es decir, objetivos cuantificados. El monitoreo, la evaluación y el acceso inmediato a la información pública es clave. El gobierno abierto y las plataformas de participación son hoy más que nunca instrumentos decisivos. El secreto y los shocks mediáticos solo generan mayor desconfianza y la impresión de que quienes gobiernan no saben en realidad muy bien donde están parados y como salir del tembladeral.

7. "No desconfiar de la gente". Los políticos, tradicionales y no tradicionales suponen en general la ignorancia, la falta de coraje y de realismo de la gente. A veces hasta se atreven a prometer protección y cuidado, cosa que suele irritar aún más a una sociedad ya curada de espanto y con una experiencia decantada de lo que se puede esperar de quienes gobiernan. El éxito de las políticas transformadores depende de la capacidad de administrar la empatía. En las sociedades actuales, la gente desconcertada, desconcierta. De la misma manera que la gente confundida confunde, la gente cansada cansa, la gente asustada asusta y la gente entusiasmada entusiasma. Esta relación no se improvisa. Es posible que en el tramo final de las campañas electorales las arengas voluntaristas o los simulacros de participación de los "timbreos" pueden ser de alguna utilidad. Sin embargo, en la función de gobierno, suelen producir efectos más bien exactamente contrarios a los buscados. En la Argentina de la desilusión y la bronca, lo que se exige es más bien atención, respeto, reconocimiento y compromiso participativo.

8. "No dude: la confianza publica depende de su propia seguridad". La sociedad monitorea de modo implacable la seguridad y el talante personal de quienes intentan gobernarlos. En momentos de incertidumbre y decisiones difíciles y políticamente muy costosas, la inseguridad se convierte en una enfermedad social contagiosa.

9. "Genere y proponga incentivos". Una economía enferma no se cura con más regulaciones y controles. "El dinamismo económico -nos subrayaba el laborista de izquierdas Douglas- es la energía liberada de la gente a todo nivel, escogiendo personalmente, utilizando las oportunidades que los benefician. El papel del gobierno es crear un marco que amplíe sus oportunidades para elegir". Es indispensable mejorar y extender socialmente los incentivos para cambiar. Es clave que la sociedad visualice la primacía y la importancia a los objetivos de la creación de trabajo y actividad productiva para todos. La confianza y el apoyo dependerán de la convicción común de que las ganancias de todos beneficiarán también a todos, sin exclusiones ni postergaciones. Esta es, precisamente, la evidencia universal que ignoran las teorías del "derrame". Nadie aceptara que los beneficios inmediatos de algunos redundaran algún día en beneficios para todos. Gobernar equivale, en crisis como la actual, a crear condiciones genuinas para el trabajo y la producción. Todo otro objetivo resulta socialmente engañoso y en definitiva tóxico.

10. "Cuando tenga dudas, pregúntese: ¿Por qué estoy en política"? Esta es sin duda la pregunta clave en la que se debate buena parte del gobierno actual. Una de las raíces profundas de la desconfianza actual es la sospecha generalizada de que muchos de los que gobiernan no tienen una respuesta clara a este interrogante. ¿Responden a una suerte asignatura pendiente en su desarrollo profesional? ¿Cumplen con instrucciones de sus marcos de pertenencia profesional? ¿Responden a una convocatoria de sus amigos de la infancia? ¿Buscan concretar una secreta ambición de construir y liderar un nuevo espacio político alternativo?

Ninguna de estas razones resulta aceptable en circunstancias criticas como las que vive el país. Lo único que hoy la sociedad parece dispuesta a reconocer es la vocación incondicional de servicio público. Es decir, el sacrificio personal para contribuir en la medida de lo posible a un cambio de fondo, a establecer una diferencia real, profunda e irreversible entre el pasado y el futuro del país. Todo lo demás solo conducirá a más desconfianza e indignación por una sociedad ya harta de improvisaciones.

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