Martes  28 de Agosto de 2018

Ansiedad y miedo al fracaso: lo que provoca la meritocracia en millennials

Ansiedad y miedo al fracaso: lo que provoca la meritocracia en millennials

En 1958 Michael Young publicaba su famosa obra “The rise of the meritocracy” y popularizaba el concepto meritocracia. La novela es una distopía que describe una realidad futura elitista, donde el régimen de gobierno se basa en el principio meritocrático. Young crea una sociedad donde los estudiantes son clasificados en dos grupos, los exam-passers (los aprobados) y los exam-flunkers (los reprobados). La calidad de la educación que cada estudiante recibía era en función del puntaje obtenido en un examen definitorio, en otras palabras, cada cual obtenía una educación de acuerdo a su supuesto mérito intelectual.

En esta sátira la pretensión de Young es ridiculizar el sistema educativo inglés de la época mediante la exposición de su lógica expulsiva, oculta tras la aparente justicia del mérito. A mayor capacidad cognitiva, una mejor educación, con las oportunidades futuras que eso significa. Los exam-flunkers, por el contrario, tendrían una educación y una vida de segunda, con el agregado de que no podrían culpar por ello a nadie más que a sí mismos.

Sesenta años después la meritocracia es revindicada por el neoliberalismo y la lógica del talento y el esfuerzo se instala cada vez más en las sociedades contemporáneas. La cultura meritocrática de alcanzar el éxito por sí mismo y autosuperarse pesa fuerte y con especial ímpetu en los millennials, quienes conviven con el fantasma del fracaso como un amigo imaginario.  

Un estudio realizado por la Universidad de Berkeley, California, para la Asociación Americana de Psiquiatría (AAP) concluyó que los millennials son la generación que más sufre de ansiedad, y si analizamos los mensajes cotidianos que reciben podemos comprender el porqué. La autosuperación, la constante autorealización y dar el 110% en todo parecerían ser las recetas para alcanzar todas las metas propuestas.

Si miramos los mensajes aislados, ninguno de ellos es de por sí negativo: por supuesto que hay que esforzarse, claro que hay que trabajar sobre uno mismo y siempre que dejemos todo en cada tarea, el resultado será mejor. El problema es que por más acertados y bienintencionados que sean estos consejos, no son suficientes, y la peligrosidad de la meritocracia radica en creer que sí lo son.

Ni la voluntad ni las ganas siempre alcanzan para cumplir con las altas expectativas que la sociedad y nosotros mismos nos creamos. El esfuerzo y el trabajo duro no son los únicos factores que están en juego a la hora de realizarse profesional, personal o académicamente. Existen múltiples condicionamientos externos, como lo son los sociales, económicos, familiares y culturales, que desde el comienzo influyen en nuestra vida y nuestros logros o fracasos. Ningún exam-passer llegó a serlo sin la ayuda de nadie ni por obra exclusiva de su mérito o voluntad, del mismo modo que no todos los exam-flunkers fracasaron porque no se esforzaron lo suficiente.

Perfeccionismo multidimensional

El estudio de la AAP revela que gran parte de la generación nacida entre 1980 y el 2000 sufre del fenómeno llamado “perfeccionismo multidimensional”, que refiere a la necesidad de triunfar en todos los aspectos de la vida.

Las expectativas son altas y no exclusivas al ámbito profesional. No haber viajado como quisiéramos o no contar con una pareja estable son algunas de las cosas que se sienten como fracasos entre los millennials.

Más metas y más altas muchas veces se traducen en una caída más dolorosa, y esto es precisamente lo que ocurre cuando no todo sale como esperábamos. A la angustia natural de no haber conseguido lo que se deseaba se añade otra que es propia de la meritocracia: la condena a uno mismo. Esta doble angustia, cargada de culpa por haber fracasado, refuerza la autoexigencia y la presión en las tareas futuras.

No haber viajado como quisiéramos o no contar con una pareja estable son algunas de las cosas que se sienten como fracasos entre los millennials.

Byung-Chul Han es un filósofo surcoreano que advierte sobre las consecuencias de lo que él define como “la violencia de la positividad”. Para el autor, el discurso del mérito destruye toda igualdad y progreso en la vida de las personas, ya que únicamente aumenta la autoexplotación y el autosometimiento. Alcanzar el éxito o morir en el intento parecería ser la regla.

La competencia en las redes

No es una novedad que el neoliberalismo exige un rendimiento máximo constante ni que la carrera hacia la cima es ardua y competitiva. Lo que sí resulta novedoso es que la competencia suceda en canales insospechados, como lo son las redes sociales. Ellas son los espacios donde publicamos nuestros logros, novedades y momentos más felices, aunque sean minoría en nuestra vida. Fácilmente podemos caer en la comparación de nuestra realidad con la de nuestros pares, ignorando por completo que cada situación es diferente y que lo que brilla no siempre es oro.

Aunque en el fondo sepamos que no son más que ficciones que construimos donde mostramos lo que muy cuidadosamente seleccionamos, a veces lo olvidamos y caemos en la trampa de compararnos con otros y sentirnos más miserables que antes cuando vemos que les va mejor. A la presión y la autoexigencia que sentimos de por sí se suma la comparación absurda pero inescapable que atenta contra nuestra autoestima.

En el mundo de la exposición, es fácil sentirse un exam-flunker rodeado de personas felices y exitosas, mientras nosotros aún no llegamos a donde nos gustaría. Esta parece ser la tendencia de muchos millennials afligidos que, criados en la cultura del mérito, se preguntan qué es lo que están haciendo mal.

Oscar Franceschini

Siempre fue y será así

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Facundo Garcia

Solo se puede hablar de meritocracia cuando hay igualdad de condiciones sociales... hoy en dia en pocos paises... el resto es chamuyo..

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piopio

Que nota pelo..tuda y trillada. Ya desde que junta las palabras neoliberalismo, meritocracia y millenials te das cuenta a donde quiere llegar y no vale la pena perder tiempo en leer.

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