MIÉRCOLES 16/01/2019
Por qué participar de la carrera de autos antiguos más exclusiva de la Argentina cuesta u$s 4.500

Por qué participar de la carrera de autos antiguos más exclusiva de la Argentina cuesta u$s 4.500

Automóviles antiguos, paisajes maravillosos, gentlemen drivers, camaradería y mucha tradición son los ingredientes de la carrera de automovilismo más exclusiva del continente, que celebra su 30º aniversario como la joya de la corona del Club de Automóviles Sport, fundado hace 70 años.

La atracción que ejercen los automóviles clásicos es universal. No hay país en el que estas máquinas, muchas de ellas piezas de orfebrería, no causen admiración. Quizás lo sean por su belleza, materiales, estilo, por la nostalgia de que “todo tiempo pasado fue mejor”. O, tal vez, simplemente porque tienen una historia que contar.

Lo cierto es que subirse a bordo de uno de estos automóviles es una experiencia singular: el aroma a cuero gastado, el contacto con los cromados o el nogal del tablero, la mística de la marca y el ronroneo del motor son activos que no pasan desapercibidos para un gentleman driver. “Sucede que somos románticos y defendemos a ultranza la originalidad porque nos gusta vivir las mismas sensaciones que se experimentaban antaño”, afirma Daniel Claramunt, habitué de la competencia. “Tuve la oportunidad de correr en las rutas patagónicas el mismo Alfa Romeo que ganó Le Mans en 1931, y te puedo asegurar que la sensación es indescriptible”, revela el piloto.

Los propietarios de estos rodados sienten devoción por sus bólidos, y eso los lleva a reunirse para compartir su religión. Fue así como, animados por la camaradería y el espíritu deportivo, un grupo de amigos creó el Club de Automóviles Sport (CAS) el 10 de marzo de 1948, cuya primera sede fue una vieja cochera de la calle Martín y Omar, en San Isidro. Lucio Bollaert, Ernesto Dillon, Nicolás Dellepiane y Roberto Mieres son algunos de los nombres estrechamente asociados a ese acto fundacional y a la génesis del automovilismo deportivo en la Argentina. En esa época, gracias a la prosperidad del país y a la posguerra europea, era fácil encontrar vehículos de esas características. Así, esta institución generó eventos memorables, como el Campeonato Argentino Sport y la Carrera de la Costanera.

El gran rally italiano

El grial en materia de automóviles sport data de 1927, cuando el Automóvil Club de Brescia quiso unir esa ciudad con Roma y nació la Mille Miglia italiana. En sus comienzos fue una carrera en la cual las máquinas iban a toda velocidad. Para darse una idea de la performance de los autos, el promedio más alto lo obtuvo Stirling Moss en 1955 (159 km/h), a bordo de un Mercedes-Benz 300 SLR.

Pero en 1957 sucedió una catástrofe que puso fin a esta competencia, cuando una decena de espectadores murió a causa de un accidente que también acabó con las vidas del piloto y copiloto del auto siniestrado. A pesar de esta tragedia, dos décadas más tarde se retomó la carrera bajo el formato de los tiempos impuestos para los tramos veloces, y así la importancia pasó del acelerador a la participación, de la velocidad a la regularidad. Esto permitió que todos los meses de mayo se reúnan en la Piazza de la Logia, en Brescia, los automóviles sport más destacados para participar de tan venerable competición. Cabe destacar que la Mille Miglia, prueba que los argentinos han ganado en tres ocasiones, es el antecedente remoto de las vernáculas 1000 Millas Sport, la carrera de automovilismo más exclusiva del continente, que este año celebra su 30º aniversario.

Táctica y estrategia

Las carreras de regularidad permiten competir en igualdad de condiciones a automóviles de distintas épocas. Los vehículos más antiguos tienen un hándicap a favor que está ligado al año de fabricación. En el mismo sentido, no cualquier auto puede correr en este tipo de competencias, ya que debe tener un mínimo de antigüedad y figurar en el listado de modelos autorizados o, en su defecto, haber sido homologado por la institución organizadora. Estas carreras constan de diferentes etapas y cada una puede durar unas cuantas horas: dado que el objetivo consiste en cumplir con los tiempos previstos, las etapas suelen tener paradas para que los competidores puedan descansar.

La coordinación entre las parejas es esencial: piloto y copiloto miden los tiempos, de forma tal que el primero utiliza un pulsador y el segundo taquea el cronómetro. Esto sucede cada vez que el automóvil pasa por un control, que consta de una goma colocada sobre la ruta cuya función es chequear el paso de los autos. Según Claramunt, “a diferencia de otras carreras donde prima la velocidad, acá las claves pasan por la concentración de la dupla, ya que cada centésima cuenta”. Y si bien el componente lúdico es esencial, este tipo de competencias son exigentes, hecho que se refleja en la alta tasa de abandonos.

Rutas argentinas hasta el fin

Luego de la experiencia de algunos compatriotas en Brescia, nació la versión local: 1000 Millas Sport. Se dice que fue Germán Sopeña, periodista amante de los automóviles y los trenes, quien le transmitió la idea a Buby Salzman, eminente miembro del CAS y, entre los dos, se la comunicaron a los demás socios. ¿Cómo un país con las rutas y las maravillas naturales de la Argentina no podía tener su Mille Miglia propia? Luego de numerosas gestiones, en 1989 nacieron las 1000 Millas Sport, con 60 parejas inscriptas con autos clásicos y sport. El recorrido se inició en Buenos Aires y finalizó en Córdoba, previo paso por Entre Ríos. La largada, al pie de la sede del Automóvil Club Argentino en Avenida del Libertador y Tagle, y con los autos partiendo desde una rampa entre los vítores del público, fue una fiesta. Actualmente la carrera figura en el calendario internacional y es conocida en todo el mundo, al punto tal de que forma parte del top ten de las competencias de automóviles clásicos.

En 1996 se decidió correr por primera vez en San Carlos de Bariloche: si se piensa detenidamente, era inevitable ese cambio de circuito, ya que las montañas y los lagos de la Patagonia constituyen uno de los mejores marcos naturales de Sudamérica. La base de operaciones de la prueba es el tradicional Llao Llao: construido en 1936 en madera y piedra, con el techo cubierto con tejuelas de arce, el cinco estrellas es una de las maravillas arquitectónicas que firmó el arquitecto Alejandro Bustillo.

Cuenta Carlos Lindenbaum, director de la carrera, que la diagramación de las etapas varía, pero la columna vertebral es la Ruta 40. Algunos de los escenarios habituales son el Circuito Chico, El Bolsón, Lago Puelo, Junín de los Andes, Villa La Angostura, San Martín de los Andes, Alicurá, Confluencia y Arelauquen, entre otros puntos salientes.

Los trayectos se realizan casi en su totalidad sobre asfalto, algunos más rectos y otros más sinuosos, pero todos representan un desafío para pilotos y máquinas. El Centro Cívico de San Carlos de Bariloche, punto neurálgico de la ciudad, es otro de los enclaves donde cientos de personas se reúnen a contemplar el espectáculo que representan estas máquinas cargadas de polvo e historia, mientras que la fiesta de cierre se celebra en el Llao Llao, con una comida de gala en la que se realiza la entrega de premios.

En la última edición, el podio ganador estuvo compuesto por Juan Tonconogy y su novia Bárbara Ruffini en la primer posición, seguidos por Alejandro López y Gabriel Gourovich en el segundo puesto, y Daniel Ejeremovich y Gustavo Llanos en tercer lugar. Cabe destacar que Tonconogy es el corredor más ganador de la historia de las 1000 Millas Sport, ya que alzó el trofeo en 6 ocasiones. ¿Cuál es el secreto del éxito de esta joven pareja que ha superado a volantes mucho más experimentados? “Con Bárbara ganamos en dos ocasiones, y con Guillermo Berisso otras dos”, detalla el multicampeón. “La clave pasa por focalizarse en el objetivo con un alto nivel de concentración, pero aún así nos hacemos tiempo para disfrutar el momento que estamos viviendo”.

En estas carreras, en las que prima el espíritu amateur, los pilotos y copilotos suelen ser pareja en la vida real, así como pares de amigos, que cumplen con otro ritual: se visten con mamelucos de época, cascos y antiparras vintage para estar en consonancia con la edad de sus vehículos. La presencia de participantes extranjeros es otro factor destacable: hay pilotos célebres, como el francés Jacques Laffite, excorredor de Fórmula 1 y pescador aficionado, quien extasiado por la feracidad de los ríos patagónicos, en más de una ocasión se detuvo a la vera de la ruta a probar suerte para ver si sacaba alguna trucha. Otro episodio anecdótico fue el de un inglés, editor de una prestigiosa revista de bólidos antiguos, quien se desviaba constantemente del recorrido oficial para hacer fotografías, atraído por la belleza del paisaje.