Urlezaga:

Urlezaga: "Es un destrato que nunca más me hayan llamado del Gobierno"

Pasaron 10 meses del cierre del Ballet Clásico Nacional. Lo dirigía desde 2013. Se subsidiaba con fondos del ministerio de Desarrollo Social en la era de Alicia Kirchner. Por qué no se arrepiente de no haber hecho toda su carrera en el Colón.

“Nadie nace bailarín”, afirmó categórico, más de una vez, Mijaíl Barýshnikov, con la autoridad que le confiere ser un mito viviente del ballet internacional. Seguramente, a sus 91 años, Rosa 'Baba' Amerise, ama de casa platense y abuela de Iñaki Urlezaga, no tendría reparos en desmentir al gran artista ruso. Con menos de un año, su nieto ya era la prueba cabal de que el impulso vital de la danza viene inscripto en el ADN. La leyenda familiar promocionada por la matriarca del clan cuenta que la sangre de Iñaki baila en sus venas desde que el niño se trasladaba en el andador. La cadencia de la música clásica que sonaba desde el estudio de su tía y primera maestra, Lilian Chichi Giovine, era irresistible para el pequeño Urlezaga, quien ya se movía bajo el influjo de los acordes que lo acompañarían toda la vida.

La precocidad deslumbra y vaticina destinos que, sin embargo, no siempre se cumplen. En el caso de Iñaki, el pronóstico tantas veces enunciado -“Este chico va a ser bailarín”- fue demasiado moderado. La familia, los amigos, los vecinos y los estudiantes de la escuela de Chichi se quedaron cortos. El niño del andador no sólo le entregó su vida al ballet, sino que se convirtió en una de las figuras argentinas más trascendentes en este arte y hasta consiguió un título real dentro de su métier: lo apodaron ‘El príncipe de la danza’.

Fue primer bailarín de Teatro Argentino de La Plata y del Colón y el primer argentino en unirse al Royal Ballet de Londres: durante 10 años, brilló sobre las tablas del Covent Garden Royal Opera House. Escenarios tan diferentes como el Kírov de San Petersburgo, el Cairo Opera House de Egipto, el Teatro Verdi de Italia, el Bolshoi en Moscú y el Het Muziektheater Opera House de Ámsterdam fueron testigos de su virtuosidad y creatividad tanto en la danza como en la coreografía, actividad que la mayoría de sus colegas reservan para el retiro.

A los 42 años, y con casi tres décadas de carrera, su despedida de la danza es una excusa para recapitular una carrera extraordinaria construida a fuerza de talento y prepotencia de trabajo. La historia de Iñaki es la del hijo menor de una familia tipo de clase media que supo encontrarse a sí mismo y romper los paradigmas de lo que se esperaba de él desde muy chico. La tradición indicaba que su destino era ser médico, al igual que su padre –un reconocido pediatra de La Plata– y su abuelo. Pero el gen artístico de su tía Lilian fue más poderoso. “La hermana de mi mamá era bailarina y tenía un estudio importante en La Plata. Ahí empecé a dar los primeros pasos en el ballet y también estudié unos años. Mi tía fue quien me acompañó desde el principio, fue quien me llevó a la escuela del Colón”, cuenta. El nexo con esa madrina iniciática continúa hasta hoy: Lilian Giovine es parte del equipo de trabajo de la compañía Ballet Concierto en que trabaja toda la familia, y figura como asesora de los espectáculos de Iñaki.

¿Pensaste qué habría pasado con tu carrera si te hubieras quedado en la Argentina?
Tendría otro tipo de conocimientos. Hubiera hecho mi trayectoria en el Colón. Y hubiera sido complicado, porque pienso que la gente del Colón siempre está tratando de luchar por obtener algo. Lo digo con todo respeto, pero están mal enfocados en esa lucha porque no pueden relajarse y disfrutar los logros que verdaderamente han tenido. Siempre ha costado mucho que el ballet tuviera, dentro del Colón, la apreciación que los bailarines desearían. Entonces siempre se está peleando por obtener tal cosa, que no les quiten tal otra, por recuperar aquello que alguna vez han tenido… Y en eso se pierde el sentir que han llegado algo.

¿Creés que el ballet está precarizado en el Colón por un tema de políticas públicas?
No es precarización. Es que el Teatro Colón es lírico y siempre se le dio más prevalencia a la ópera. Entonces, el ballet se vio desfavorecido, nunca fue tan respetado como la ópera. Eso se siente históricamente. Todo el tiempo hay un sinsabor en el bailarín, que no termina de aceptar lo que sucede.

¿Se perdió el valor de la palabra en el ámbito de la gestión cultural?
En todo orden de la vida se perdió la palabra, el respeto por el otro. En la Argentina hay algo raro, y es que del ridículo cualquiera vuelve. Antes vos te mandabas una macana y no te mandaban al destierro... Pero más o menos. Hoy en día prendés la televisión y nada te asusta, todo es posible, cada día más. Es triste. La educación en general ha caído mucho en la sociedad. También se retrocedió en la salud e inexorablemente se retrocede en la ciencia, en la cultura. Y eso se nota.

Política en puntas de pie

Esa decepción que Iñaki expresa, la vivió muy de cerca a principios de este año, cuando desde el Ministerio de Cultura de la Nación le comunicaron que se iba a discontinuar el financiamiento del Ballet Clásico Nacional que él mismo formó y dirigía desde 2013. El proyecto, que integraba a 60 bailarines del interior y de países limítrofes, había arrancado en el marco de los programas de Desarrollo Social en la era de Alicia Kirchner. Tras el cambio de gobierno, Carolina Stanley le dio continuidad y en 2017 se resolvió su traspaso ministerial a la órbita de Cultura. Hasta que le bajaron el pulgar. La decisión dejó sin trabajo a decenas de personas y enojó a Iñaki, quien en su momento expresó su tristeza, impotencia y desolación en una carta abierta publicada en las redes sociales.

A casi un año de ese mal trago, la convicción de que hizo lo correcto lo aleja de la frustración por el trabajo trunco: “Mi deseo era hacer una compañía federal, porque el chico que estudia en San Juan todavía cree que Buenos Aires es Broadway. Eso es muy triste. El mayor problema en las provincias es la falta de idoneidad de los docentes. No están formados y hay grandes valores perdidos: muchas veces sólo se preocupan por cobrar la cuota. Allí donde no hay una escuela pública, donde se debería entrar por concurso y donde todo debería ser transparente y profesional, la profesora hace lo que se le ocurre y así cercena carreras enteras, porque la danza ocurre a muy temprana edad. ¡No podés empezar a los 15! Es trágico lo que pasa en muchas provincias de nuestro país”.

¿Cuán costoso es ‘producir’ un bailarín clásico en la Argentina?
El día a día es carísimo auún estando en Buenos Aires y yendo al Colón, que es público. Para mi familia fue un esfuerzo económico acompañarme en esa etapa de estudiante: lo que cuestan las puntas, la ropa, los viajes, los concursos, los maestros particulares… Además, vienen maestros de afuera que no te cobran en patacones. Es una gran inversión. El Colón es gratuito, pero hay muchas cosas costosas emparentadas al estudio que no son para cualquiera. Tenés que tener una posición económica acomodada: la familia del alumno tiene que hacer grandes sacrificios aún cuando tenga la suerte de estar en Buenos Aires.

¿Qué pasó con los integrantes del Ballet Clásico Nacional que Cambiemos dio de baja?
Muchos se volvieron a sus provincias, donde no hay trabajo… Es muy difícil. Es un elenco nacional que se disolvió, un retroceso cultural enorme.

¿Retomaste contacto con algún funcionario?
Nunca más me llamaron después del 9 de enero de este año en que me dieron la noticia de que se terminaba todo. Un destrato absoluto.

Siempre aclarás que no tenés preferencia partidaria alguna, pero ¿en qué lugar te posicionarías dentro del arco ideológico?
Argentino, ni de un lado ni del otro. Haciéndome cargo de lo que hago todos los días. Si todos fuéramos más conscientes de las elecciones diarias que tomamos y de la forma en que construimos o destruimos a nuestro querido país, no debería existir una división, porque acá adentro estamos todos.

¿Cómo se financia en otros países un cuerpo de ballet como el que creaste?
En países liberales como Inglaterra tenés una parte privada que funciona muy bien por la previsibilidad institucional. En Francia, en cambio, todo es mucho más público porque esa es la idiosincrasia. Depende de cada caso, pero no existe el Estado ausente en ningún lado. Hay múltiples formas de resolverle la vida a la gente, pero en ningún lado pasa esto de crear un cuerpo de baile y a los cinco años decir que no hay más fondos. Las políticas públicas no pueden cambiar con cada gestión. No se puede ir destruyendo siempre la herencia. Y así estamos: con una educación y una salud cada vez más empobrecida. Ya no se debate si los chicos aprenden en el colegio: debatimos si van a clase.

Adiós… y hasta luego

Hoy, a 28 años de sus comienzos, Urlezaga encara su despedida de la danza y prefiere habitar este presente intenso en vez de hacer planes para el futuro. Tiene toda su energía puesta en los espectáculos del adiós. Por un lado, la gira con el show de tango Siempre se vuelve a Buenos Aires, con música de Astor Piazzolla y coreografía de Mora Godoy, con la que está recorriendo las principales ciudades de la Argentina. Y por otro, Romeo y Julieta, acompañado por la primera bailarina del Royal Ballet de Londres, Laureen Cuthbertson, que marca su esperado regreso al Teatro Colón. La despedida definitiva será el 19 de noviembre con un show abierto al público en su querida tierra de origen, la ciudad de La Plata. Desde el inicio de este tour, cada vez que cae el telón desciende un aluvión de emociones tanto para él como para el clan familiar que hace tantos años lo asiste con diferentes roles en la compañía Ballet Concierto.

¿Cuándo decidiste que había llegado el momento de tu retiro?
En los últimos años, estando con el Ballet Nacional, ya veía que quería dejar de bailar para estar más presente con los bailarines desde otro lugar. Quería dejarle espacio a las nuevas generaciones e ir formando gente. Creo que el recambio es saludable. Si no, es como un tanque que no tiene oxígeno. Las generaciones nuevas siempre traen nueva sangre, nuevas alegrías y nuevos problemas. Así que fue algo interno que fui viendo en el último tiempo.

La edad promedio en que se retira un bailarín son los 40 años. ¿Con qué situación se encuentra para reformular su vida?
Acá un bailarín se jubila como en otros lados, pero el problema no es económico sino político. La plata está, el tema es cómo la distribuyen. La jubilación es digna, pero hoy tienen un problema grande los bailarines del Colón porque cuando la institución dejó de depender de la municipalidad y para pertenecer al Gobierno de la Ciudad, pasaron al Anses, que los obliga a jubilarse más tardíamente. Pero eso es algo que no se puede pretender. Esta es una profesión física: entre los 40 y los 45 años ya no se puede bailar más. Habrá alguna excepción, pero esa es la regla. De todas formas, hacen un recurso de amparo, un juicio al Estado y salen favorecidos, pero no es fácil su situación.

¿Eso explica que haya tantos excelentes bailarines argentinos afuera del país? Hernán Cornejo en Nueva York, Marianela Núñez en Londres, Ludmila Pagliero en París: parece haber una fuga de talentos de la danza…
Exactamente. Pero ese fenómeno es de toda la vida. A lo largo de mi carrera me he cruzado con todos. Por algo nadie vuelve. Te podrán decir blablabá, pero la realidad es otra.

¿La coreografía y la docencia son parte de tus planes para el futuro?
La coreografía seguro, porque siento que vine a este mundo para crear. Pero la docencia no me llama la atención: no tengo la vocación ni el espíritu. Creo que la docencia es algo muy importante como para que la ejerza cualquiera. Y además del deseo creo que tiene que existir la formación. Mis docentes me enseñaron a bailar, a pensar diferente. El que no baila no lo entiende, pero enseñar a bailar es mucho más que enseñarte los pasos: hay que darle sentido, comprender lo que se hace. No se puede aprender de memoria sin comprender. El ser humano tiene que florecer en todos los órdenes de la vida. No se puede florecer como artista y no como ser humano.

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