Sebastián Borensztein:

Sebastián Borensztein: "Giles somos todos excepto una docena de tipos que manejan todo”

Hoy se estrena su película 'La odisea de los giles', una adaptación de la novela de Eduardo Sacheri inspirada en la crisis de 2001

A veces todo se reduce a una cuestión de timing. Así como los personajes de 'La odisea de los giles' no podían prever lo que estaba a punto de desencadenarse, Sebastián Borensztein no pudo imaginar que su filme -candidato a ser el tanque argentino de la segunda mitad de año- inspirado en la crisis de 2001 se estrenaría justo la semana posterior a que Mauricio Macri perdiera las PASO por 15 puntos, el peso se devaluara un 30 % en apenas cuatro días y el riesgo país casi rozara los 2.000 puntos

En Alsina, provincia de Buenos Aires, un grupo de vecinos (encarnados por Ricardo Darín, 'Chino' Darín, Luis Brandoni, Daniel Aráoz, Carlos Belloso, Rita Cortese, Verónica Llinás y Marco Antonio Caponi) decide invertir sus dólares para reflotar una vieja cooperativa agrícola. El timing no podría haber sido peor: apenas horas después se anunciaría el corralito. Poco después descubrirán que fueron víctimas de una estafa llevada a cabo por un inescrupuloso abogado (Andrés Parra) y un gerente de banco, quienes contaban con información privilegiada.

Pero esta historia no se trata de crisis sino de un acto de revancha o, mejor dicho, de ‘justicia poética’. Como relata Fermín Perlassi (Ricardo Darín): “Según el diccionario, gil es una persona lenta a la que le falta viveza y picardía. Aunque ya sabemos que ‘laburante’, ‘tipo honesto’, ‘gente que cumple las normas’, termina siendo sinónimos de gil. Pero un día el abuso al que estamos acostumbrados los giles se convierte en una verdadera patada en los dientes y uno dice basta”. 

Pero fuera del diccionario, ¿qué significa gil para Sebastián Borensztein, director de la película? “Mi definición es que giles somos todos excepto una docena de tipos que manejan todo. La 'gilada' somos los ciudadanos, los tipos honestos. Es esa la definición”. Y agregará más tarde: “Es una palabra que tiene mucho que ver con la idiosincrasia argentina. Es el corderito que hace lo que tiene que hacer... ¿Qué otra te queda? ¿Uno puede moverse por fuera de los sistemas en los que vive? No se puede. Y un poco uno se asume de esa forma”.  

Como en la Odisea, un grupo de personas -de giles, en el sentido más estrictamente argentino de la palabra-, deberá superar una serie de obstáculos armados sólo con su astucia y alguna pizca de viveza criolla para alcanzar un objetivo común. “Estos tipos desafían el sistema con un código de ética bastante sólido. Ellos van a recuperar lo que les pertenece”, explica Borensztein.

¿Cómo te encontró el 2001?

Me encontró solo, en mi casa, muerto de calor, no pudiendo prácticamente digerir lo que veía. Con la sensación de que se había terminado el país. Esa sensación de que no veíamos el final de la caída me invadió. El 'que se vayan todos', la gente en la calle... Nadie quería agarrar la papa caliente, un presidente detrás del otro… La sensación de la disolución completa de una sociedad, de un país. Después uno hablaba con gente más grande y decían que de alguna manera nos íbamos a recuperar porque los países no cierran como las empresas, no es que bajás las persianas y queda el territorio desierto. No sé. Yo lo viví con mucha angustia y con una sensación de desasosiego de la que fue muy difícil salir.

¿Creés que todavía estamos viviendo las consecuencias de aquel 2001?

Sí, porque la crisis de 2001 se llevó puesta a la economía, pero a los partidos políticos también. Y, si bien la economía se recuperó y se cayó varias veces desde ese 2001, la recomposición política todavía no terminó de armarse. Los partidos quedaron arrasados, y yo lo que veo es un intento de reordenamiento donde aparecieron dos opciones: centroderecha y centroizquierda. Y en algún momento eso va a tener un nombre más concreto y se va a llamar de una determinada manera y vamos a terminar teniendo –espero, supongo– una democracia bipartidista más definida. Algún día tendremos políticas de Estado y sabremos para dónde va el país, y los gobernarán los A o los B, pero todos encolumnados detrás de esas políticas de Estado. Bueno, todo eso quedó arrasado en 2001 y todavía no se ha recompuesto. 

¿Qué fue lo que te llevó a embarcarte en esta historia?

Me gustaron dos cosas. Primero, el ADN argentino que tiene, y en ese sentido se emparenta con mis películas anteriores (NdR: 'Un cuento chino', 'Kóblic'). Siempre trabajo con contextos locales y, en este caso, me gustó que el contexto condiciona lo que los tipos querían llevar adelante. Y me encantó el hecho de que un grupo tan ecléctico, tan heterogéneo de personas pudieran dejar de lado todo lo que los separa para ir detrás de un objetivo común. Y lo hacen desde la más absoluta inconsciencia, desde un lugar bastante naif, como si fueran una suerte de Armada Brancaleone. Eso me atrajo mucho: me pareció que tenía una riqueza cinematográfica enorme. 

Los personajes son personas comunes: un exjugador de fútbol que nunca llegó a Primera, una ama de casa, dos torneros de una metalúrgica, un exempleado público que tiene una gomería, uno que trabaja en una estación de trenes, una empresaria local, un estudiante. ¿Creés que estos personajes son arquetipos de los argentinos? 

Una de las cosas más ricas que tiene esta historia es que ese grupo de tipos que se ponen un determinado objetivo representan, de alguna manera, todos los estratos. En una punta lo tenés a Medina -el personaje de Carlos Belloso- que es un indigente que vive al borde de la laguna, en un chaperío; y en el otro extremo está el personaje de Rita Cortese, que es una empresaria del transporte. En el medio tenés dos empleados de una fábrica que fueron despedidos, un ferroviario casi sin trenes -con ese resabio de los '90-, un cuentapropista low profile que tiene una gomería entre chapas, un cuentapropista un poquito más arriba que tiene una estación de servicio, un estudiante... Todos los estratos socioeconómicos de alguna manera están representados. Esta es una película de arquetipos, sin ninguna duda.

¿Fue una presión extra adaptar una novela de Eduardo Sacheri, que además ganó un Premio Alfaguara, considerando el antecedente de 'El secreto de sus ojos'?

En el primer encuentro que tuve con Eduardo, le dije, textual: “Escribiste una gran novela, dejaste la vara muy alta y yo tengo un enorme desafío que es hacer una película que esté a la altura”. Conviví con eso todo el tiempo. No como una presión sino como un objetivo, porque no elegí cualquier novela. A mi gusto, es lo mejor que ha escrito Sacheri. Y con ese premio, con el antecedente de 'El secreto de sus ojos', y toda esa historia, sí implica un peso. Pero soy una persona que está acostumbrada a las grandes presiones, evidentemente. Porque un día me hice cargo del programa de mi viejo, Tato Bores: primero lo hice de la mano de mi hermano, después lo hice solo y todos decían que estaba loco. Es decir, la presión es algo con lo que convivo. A esta altura del partido, que uno ha hecho tantas cosas, lo que más busco es exactamente qué quiero hacer, cómo hacerlo, con quién, qué estímulo quiero sentir. Y lo que quiero sentir es que estoy haciendo algo grande, algo en lo que me juego algo importante. A mí me gusta eso. Si miro mi vida profesional y personal, eso es un camino para mí. Y traicionarlo a esta altura del partido no tiene sentido. 

Es la tercera película que filmás con Darín, ¿cómo fue trabajar con él en su nueva faceta de productor?

Ricardo es un tipo que siempre ofició un poco de productor. Más allá de que no haya tenido el rol adjudicado ni la responsabilidad, que es distinto. Es un tipo que no está solamente pendiente de su porción del trabajo dentro de una película. Él siempre está mirando 360° las cosas, y está cuidando las cosas, conteniendo, proponiendo, pensando... Por eso el hecho de que él se haya convertido en productor y que haya armado una productora no me sorprende, sino que es el paso natural que tenía que dar un tipo como él en el cine, si es que tenía que dar un paso más. Y en cuanto a su trabajo conmigo, fue muy beneficioso porque quitamos intermediaciones de por medio. Más allá de que él no fue el único que puso la voz cantante como productor. Pero la verdad que para mí es un muy buen paso el que dio Ricardo, y me encanta haberlo acompañado en este paso.

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